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¿Quiénes somos?

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Somos un grupo de docentes o no, cooperativos forzados o por vocación, claros o confundidos en vías de encontrar mayores claridades y confusiones. No sabemos totalmente lo que queremos pero avanzamos porque empezamos a saber lo que no queremos, de ahí la aparición del concepto de “deCeducar”. Sin querer romper muros como Roger Waters pero imaginando una educación sin aulas fijas, sin lugares fijos, sin esquemas pre-armados por intelectuales carentes de contacto con alumnos, somos utópicos; queremos movernos y mover, y queremos remover también de una vez el sarro del fondo. Somos inteligentes colectivos de colectivo y tenemos ganas de decir algo, o de generar un espacio para que otros digan, salir del molde, deCeducar… DeCeducando al Sur es una publicación del Programa de Extensión Académica del Instituto Educativo Nuevo Guido Spano.
STAFF PERMANENTE:

Claudio Fernando Sprejer (Idea, edición y dirección general)
Marcelo Crisafio (Corrector y apoyo moral) Gastón Sprejer (Aggiornamiento d…

Últimas publicaciones

Ladrones económicos

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Autor: Jerónimo Spre
“No hay temas más o menos interesantes.  Lo que importa es el modo”.  M.S.
La facultad siempre se encontraba repleta de alumnos. Nosotros estábamos ubicados en las filas del fondo, a una importante distancia del eje de la clase, era una intersección perfecta entre las ganas de escuchar y las de huir sin interrumpir. Económicas era un lugar raro, o yo me sentía raro allí. Gente por todos lados, gente en el baño, gente en el bar, gente en la puerta, en los ascensores, en los rincones, en las aulas, gente… Apurados, haciendo filas, esperando eventos, mirando relojes, cargados con libros pesados con olor a retórica inútil o con fórmulas matemáticas alejadas de su propia belleza, de la matemática sin intención, de la matemática por el placer de ser ella misma. Eso es. Económicas era una facultad repleta de gente con intención. Nada me conectaba con ese lugar salvo el mandato paterno, pero, al mismo tiempo me resultaba fácil ir porque las insípidas clases no requerían de de…

Las lágrimas negras

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Por Laura Crespo Favelukes



Hola, soy Cariz. Muchos de ustedes ya me conocen, otros no. Pero me conozca o no, cualquier persona podría apiadarse de alguien en mi situación. Estoy en una caja cerrada, llena de luz blanca. Un piso mugriento, también blanco. Tanto que me impide ver bien. Es tan horrible que ni mis ojos pueden soportarlo, a pesar de haber visto todo lo que ustedes saben. Estoy en una camilla, inmóvil. Tan llena de mugre como un piso del baño de un tren, ya teñido por la regularidad de sus pisadas. Es imposible que alguien sobreviva en estas condiciones. Todo está tan luminoso y deprimente. Lo único que me mantiene con vida es un suero negro, que está conectado a mi brazo y fluye por mis venas. Negro como la vida, como la inocencia, como la risa de un nene y el abrazo más lleno de amor. Mis lagrimas oscuras, casi sin fuerza, caen por mis ojos. Pero su voz está encerrada y condenada a ser eco, perdieron su libertad, su pureza. Pero siguen siendo lo único mío. Minuto a minuto…

Un sastre

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Por Claudio F. Sprejer

Soli, aún con una de sus tijeras en la mano y midiendo y cortando sus telas remarcadas con tiza, tenía preocupaciones relacionadas con sus hijos, que intentaba articular cual traje de alpaca inglesa. Cuando sus pensamientos se desbordaban él calmaba su ansiedad caminando ida y vuelta de punta a punta por el taller. Su hija mayor no le representaba un problema ya que estaba, felizmente para él y para su mujer Berta, unida en matrimonio con Isaac, un vendedor de carne kosher del Once, aunque le molestaba un poco que prácticamente nunca salieran del barrio, quizás alguna vez podrían llegar hasta la avenida Callao, pero jamás lo harían en Shabat, el día de descanso en el que a lo sumo caminarían juntos hasta la sinagoga de la calle Paso. El hijo del medio, en cambio, había caído en desgracia ya que había sido convocado al servicio militar. Eso significaba perder durante uno o dos años el ingreso por su trabajo como vendedor de casimires y obligaba a Soli a tener que …

La chica de enfrente

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Por Marcelo Crisafio

Me enamoré de ella una madrugada de verano. Salió en ropa interior a su balcón y regó las plantas. Un gato blanco se le enredaba entre las piernas y una leve brisa movía su cabellera negra. Si fuera una película la escena habría tenido música de violines y si la peli fuera yanqui la habrían filmado en cámara lenta con un primer plano de la gota de sudor que se escurría por su cuello. Pero no. El movimiento era natural, nomás. Yo la imaginaba con ojos verdes y comprobé mi intuición unos meses después cuando me la crucé de cerca. Sin embargo esa primera vez no fue su figura -que por cierto era hermosa- sino su femineidad lo que me cautivó. Sus movimientos denotaban el amor que tenía por las plantitas y por el gatito al que mecía como un bebé. Luego de acariciarlo y besarlo con ternura se apoyó en la baranda. Puso la pera entre las palmas de sus manos y se formó como una delta griega. Sus pechos se le acurrucaron entre los brazos que eran un espectáculo. Yo vivía en…