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La curiosidad


por Yael Gutman

Cinco años de apadrinar escuelas por el país, cinco años de apoyo escolar en el comedor "Padre Mugica" de la Villa 31, tres años de educación no formal como coordinadora de niños en un club, cinco años de dar clases particulares y voy para los doce años de docencia en escuela media en el área de Lengua y Literatura. ¿Cómo elegir una historia de escuela entre tanta experiencia dispar, disímil, variada, contradictoria que no es más que mi historia. Tal vez el problema resida en el nombre, esa nomenclatura que nos envuelve en un mito personal para el que hay que estar a la altura o ser ciegos a los significados. 

El apellido materno, oculto para mi generación que lo relegaba al masculino, voz impuesta en el pasado por una sociedad de familia tipo patriarcal, es el apellido que porto en secreto pero que le dio luz a mi vida laboral y pública -porque todos los docentes somos figuras públicas-. Un apellido que desde la sombra marcó lo que debía ser, ese deber ser que tanto rehuye la educación informal y que mantiene una interesante tirantez para los que queremos estar contra el sistema dominante pero trabajamos en educación formal. Y el apellido que me lleva y me trae por todos lados, Gutman, no significa otra cosa más que "buen hombre". Simple, sin vueltas. Uno más, el buen tipo, el amigo, el que presta, el que predica con el ejemplo. Apellido popular entre la comunidad judía proveniente de Polonia. Mi carta de presentación oficial. En cambio, el apellido oculto, el materno, el que no se usaba en los documentos, es Scolnic. Scolnic viene de scuola, de guardián escolar. El sacristán de la comunidad, el que mantiene a resguardo lo que suele circular en una escuela. El secreto detrás del ropero de Narnia. No es casual tampoco, diría Lacan, que la madre sea quien resguardaba los saberes. La lengua materna, se suele decir. La lengua es el sistema de pensamiento, nuestra manera de organizar el mundo. No es casual tampoco que mi madre siempre me haya enseñado de chica que los inuits -popularmente llamados "esquimales"- tuvieran 40 formas de llamar a la nieve. Tampoco es casual que mientras escribo esto, googlee la verdad sobre los inuits y la nieve y me encuentre con que solo tienen tres raíces diferentes y el resto son palabras formadas por la aglutinación. Pero también descubrí recién, en otra ventana abierta, que el finés sí es el único idioma que tiene 40 versiones para la palabra "nieve". ¿Y la conclusión? ¿el misterio que ronda en esta reflexión? ¿el misterio que transita por todos los espacios en que participé en casi treinta años de vida? ¿el mensaje? ¿la historia? 
La curiosidad.
La mejor historia tiene que ver con la curiosidad.
En mi caso particular, la escuela, la educación, consiste en guiar, indicar el camino hacia la curiosidad interior. Y la curiosidad es tan personal que cuando uno encuentra un alma con las mismas aficiones que uno se pone loco de contento. La escuela pone las cartas sobre la mesa, hace visible lo invisible. La única historia posible se da en el segundo en que se escucha una exclamación de sorpresa del otro lado que no indica otra cosa que descubrir el mundo que nos rodea y el que no vemos, también. Porque ¿cómo pensar la educación cuando no se cree en teorías firmes, ni ideas sofocantes, cuando se piensa que la vida es lucha y caos, cambio y revolución? ¿Cómo pensar la educación cuando uno cree que no educa y lxs chicxs del otro lado repiten como loros lo que uno dijo?  
Toda una vida al servicio de poner en jaque el propio sistema de creencias. Preparar niñxs para lo voluble.
Cada año propongo a mis alumnos que busquen; que busquen murales en la ciudad como si fuera una búsqueda del tesoro; que busquen la librería más bella del continente, la recorran y se saquen fotos; que elijan una conferencia que les guste en la Feria del Libro, la escuchen y hagan el reporte de lo que les pareció. Tareas fáciles siempre.
Las tareas más difíciles son siempre las que los obligan a romper sus propias estructuras. A veces son pequeños granos de arena que uno cree infinitamente pequeños, como una frase que sobrevuela de la boca de alguien y va a parar directo al corazón de otro y queda tatuada para siempre. Otras son pequeños gestos, exposiciones al frente que dejan la vulnerabilidad al desnudo y ojos como Chihiro, con lágrimas brillantes que no cruzan el borde de los párpados.
Otras veces son confesiones cuando termina la hora: "amo este tema, profe"; "nunca pensé que iba a entender", "qué fascinante que es Kafka", "no quiero leer los libros porque sé que va a ser un camino de ida, tengo miedo de enamorarme de la literatura"
La escuela es un ying y un yang, es fascinante y temible. Nunca se convierte en trabajo mecánico cuando se está en contacto con el otro.
Por eso mis historias son infinitas, borgeanas, harían las delicias del o lxs autores de Las mil y una noches.
Hay hitos, hay anécdotas espantosas con padres de adolescentes que vinieron a reclamar un uno por un trabajo práctico y qué imposible que puede ser esa nota "si el trabajo lo hizo mi mujer que es profesional", y hay anécdotas hermosas de salidas al teatro por primera vez, de discusiones filosóficas entre personas de 16 años, de fragmentos y retazos de momentos, tal como está hecha la vida.
La escuela es el fiel reflejo de los tiempos líquidos en que vivimos: historias fragmentadas, tareas múltiples, la lucha interna contra la ansiedad de exponer un solo relato y que quede para la literatura la partición sincrónica del tiempo.
Yo me quedo en el detalle, lo pequeño, la risa milimétrica, el miedo como un rayo cuando les pido cerrar los ojos para que imaginen lo que leo, el rubor cuando hablamos de sexo.
La escuela, parafraseando a Pizarnik, me devolvió a mí misma para conocerme, para estudiarme. No puedo elegir una historia porque es como elegir un libro, una comida, un lugar en el mundo. Yo elijo no contar una historia, elijo que cada lector de este texto elija qué historia le gustaría vivir.
Y no es casual que mi relato explote hacia ningún lugar. El Quijote no estaba loco, había decidido racionalmente vivir en su fantasía.
Por eso, las historias son una e infinitas, somos unidad y multiplicidad; aceptamos esa diversidad en lo que no tiene pies ni cabeza, hoy puedo ser mujer, mañana hombre, el círculo infinito, el aprendizaje constante, la transformación del pensamiento que se traduce en las palabras que elegimos decir y escribir frente a lo único que nos pone a prueba como seres mortales: la generación siguiente.  

Autora: Yael Gutman, Profesora y Licenciada en Letras por la UBA, 12 años de docencia en escuela media, 4 años de pertenecer a la escuela cooperativa Nuevo Guido Spano y 10 años de diversas experiencias en el área de educación, tanto formal como informal.

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