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Rumbo al futuro


por Marcelo Crisafio


A usted hay que matarlo de chiquito como a los cocodrilos”, me dijo Santoro.
 Yo le había entregado mi boceto para el logo del colegio. Era una especie de camino en el cielo y, clavadito en una nube, un cartel que decía “Rumbo al futuro”. Ridículo. Y mal dibujado. Apenas un poco mejor que los dibujitos que hacía en jardín de infantes. Sin embargo había hecho mi mejor esfuerzo porque quería que Santoro se enterara que yo era un pibe sensible, al que le interesaba el arte, al que le encantaba escuchar sus explicaciones sobre los grandes genios de la pintura, la escultura y la arquitectura. Quería que supiera que disfrutaba las salidas didácticas a los museos y que era el único que leía todos los cartelitos que había al lado de las obras y, además, tomaba apuntes tal como él pedía. Aunque al final nunca los usaba y nadie se enteraba que los había tomado.
     Los minutos previos a la entrega había fantaseado con que escucharía atentamente mi idea sobre el logo y que yo recibiría sus consejos con gratitud; e incluso imaginé que en esa conversación podría aprovechar para decirle que yo a veces faltaba y tardaba en entregar mis trabajos de perspectiva porque tenía que hacer de peón de albañil de mi papá y no me mandaban a la escuela. Además mi mamá pensaba que “Dibujo” era una materia sin importancia y que los pocos pesos que tenía no los iba a gastar en hojas Canson sino en las hojas rayadas para escribir las materias importantes.
    Mientras estábamos todos con el dibujito en la mano, haciendo una pequeña fila frente a su escritorio, yo veía que alababa los trabajos de mis compañeros, les daba indicaciones, los felicitaba. Había buen clima. Santoro estaba de buen humor y pensé que ésta era mi oportunidad. No podía ser que ese profesor me maltratara todo el tiempo. Y solamente a mí. Y que felicitara a mis compañeros que lo escuchaban respetuosamente pero, cuando él se iba, decían que las pinturas de Modigliani que nos había mostrado eran una “cagada”, pensaban que ellos dibujaban mejor que el mamarracho de Picasso, hacían dibujos pornográficos sobre la lámina de la Venus de Milo y se burlaban de lo chiquito que era el pito del David de Donatello. Él tendría algo de culpa en eso también, supongo.


Ahora, casi cuarenta años después, sé con certeza que Santoro era un persona malvada y cruel. Pero en aquel entonces yo creía que todo era un malentendido. Que él empezó enojándose por mis faltas y mi retraso en las entregas, y que eso le hizo pensar que a mí la materia me importaba un comino. Él no sabía que yo no podía decirles a mis padres que Dibujo era tan importante como Historia y que faltando a clase se pierde mucho más que la explicación. Si lo hacía, me acusaban de vago, de no querer laburar para ayudar a traer el pan a la mesa, me daban un sopapo y encima capaz que me sacaban del colegio. Ese era mi miedo pero él no lo sabía. Y ésta era mi oportunidad para explicárselo cuando fuera mi turno.
Y ahí estaba yo. Cuando terminara con Foglia me tocaba a mí. Iba ensayando las palabras conciliadoras que me amigaran con el profesor de una de las materias que más me gustaba, la única que tenía baja y la única en la que sufría en cada una de las clases. Y de pronto Barbas, que estaba atrás de mí, ve mi dibujo y me dice: “¿Qué es eso?” “¿Rumbo al futuro?” y señalando el cartelito dice: “Mar del Plata 30 kilómetros”. Nos tentamos de risa y tratamos de aguantarla porque era una falta de respeto reírse delante del profesor, y entonces nos salieron unos ruidos como de cerdo comiendo y hozando en el barro. Al final dejamos de reprimirnos y nos reímos con frescura adolescente, de esa pavada, así como rara vez reímos después.
       Santoro no nos miró como era de esperarse, sino que me miró. Su cara era una obra de arte de todo lo que se puede decir sin hablar y yo me convertí en un segundo en un experto en descifrar la piedra de su rostro, cual un Champollion moderno del subdesarrollo cotidiano y facial. Su mirada me escupió todo su desprecio porque mi risa profana había mancillado la solemnidad del acto de elegir el logo del colegio en la sacrosanta clase de Educación Plástica de 1º 5º, nada más y nada menos que comandada por Esteban Santoro.
      Me arrancó el papel de la mano y su cara cambió como si se hubiera colocado un poco de caca allí, en el lugar donde Hitler usaba su ridículo bigote. Lo miró unos segundos y ahí fue cuando largó: “A usted hay que matarlo de chiquito como a los cocodrilos”. Y lo dijo en voz alta, mirando a la clase que estalló en una carcajada. Y luego se mandó un discursillo que básicamente decía que él no vivía de ser profesor, que no lo hacía por la plata sino para llevarles un poco de cultura, desinteresadamente, a las almas y mentes en blanco de la juventud pero que, en casos como el mío, era como “tirarles margaritas a los chanchos”. (Sospecho que usaba todos estos refranes especulando con que podían pasar por metáforas de su invención porque, como éramos muy chiquitos, seguramente no los habíamos escuchado nunca). 


      En un momento dejé de oír su voz. Mientras lloraba mi humillación por dentro, caí en una burbuja de silencio e impotencia. No necesitaba oírlo para que me doliera. Veía sus labios moverse y la sonrisa irónica. Era seguramente el momento de las palabras más duras. Todos los sonidos del mundo volvieron en el momento en que Santoro gritaba: “Dios le da pan al que no tiene dientes” y “estoy seguro que a usted le va mal en todas las materias”. Las risas se cortaron de pronto porque todos sabían que me iba bien en todas menos en esa. Me envalentoné y le dije muy resueltamente. “Nada que ver, es la única que tengo baja”. Santoro abrió grandes los ojos y la boca. Volvió a mirar a mis compañeros y de la boca abierta salió un “Ahhhhh….o sea que la culpa es mía. Las lacras como usted siempre se ponen en víctimas y le echan la culpa a los demás. ¡Usted es un lumpen, un paria!”. Todos se miraron como preguntándose qué corno quería decir lacra, lumpen y paria pero yo lo sabía porque era en lo que me iba a convertir, según mi madre, si no estudiaba.
     Demás está decir que terminé llevándome la materia y la rendí en diciembre. El día 7 para ser exactos. Jamás me lo olvidé. Santoro tuvo la gentileza de pedirle a otra profesora que me tomara porque “conmigo no va a aprobar” y esa fue la única cosa buena que hizo por mí. Cuando ella le dijo que había dado un buen examen él me miró y me dijo: “agradézcale a la profesora”; y a ella: “me parece que usted tiene demasiado instinto maternal”.
    Santoro fracasó conmigo. A pesar de él, sigo siendo un amante del arte, conozco todos los museos de Buenos Aires y hasta tengo cuadros colgados en las paredes de mi casa. Y, si es que se lo propuso alguna vez, tampoco consiguió que dibujara decentemente. Incluso le “robé” –ya que no me lo dio- algo de sus conocimientos de enfoque, contraste y sombras; gracias a eso saco lindas fotos. Hace unos años me enteré que en el ´84 se mudó a España donde puso una editorial sobre Educación Artística y Dibujo Técnico.
     Casualmente hoy, 7 de diciembre de 2017, me encontré con un viejo compañero de la secundaria. Me contó que asiste a las reuniones de ex alumnos. Me enteré de algunos profesores que murieron, compañeros que se casaron, tal es médico, tal otro quedó en la ruina, aquel heredó la mueblería del padre, uno tuvo un accidente. Un proverbio latino dice que el recuerdo tranquilo del dolor pasado contiene deleite, así que le pregunté por Santoro. “¡¿Ese hijo de puta?! Se rajó a España. ¿Sabías que era soplón de la dictadura? Se dedicaba a marcar profesores zurdos en la UBA. Como a mi papá”.
Su papá es un desaparecido.

Marcelo Crisafio iba a estudiar Veterinaria pero se inscribió en el Profesorado de Castellano, Literatura y Latín para salvarse del CBC y porque le quedaba a dos cuadras de su casa. Fue duramente criticado por su familia por esta acción, porque consideraban que era una carrera sin futuro y -lo que es peor- sin sentido. Es un destacado ahorrador de energía por lo que enseña cuando no le queda otra y escribe sólo cuando algún amigo se lo pide. Cree saber más de Lengua que de Literatura pero escamotea ambos conocimientos porque es una especie de lobo estepario. Cualquier duda dirigirse a Jerónimo Spre.

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