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Las Piedras Clandestinas

Autor: Rafael Calomino
Los vidrios volvieron a estallar. Era la tercera vez en el año y no habían pasado muchos meses. Estábamos en mayo.
El colegio, al respecto, no había hecho nada ¿Se sentirían culpables por algo? Se lo merecían.
Después de terminar el secundario se hizo rutina: si estábamos cerca y era noche cerrada, tarde, bien tarde y no teníamos nada especial que hacer, se convertía en un buen programa. Terminar la salida de esa forma tenía su satisfacción y recompensa: “¿Vamos a romper los vidrios del colegio? … vamos” Frases repetidas que inauguraban todo.
El colegio tenía salida a varias calles de la manzana y en una de las laterales estábamos parados nosotros, el Flaco, Jorgito, el Tano, el Ruso y yo. Podía acompañarnos algún otro compañero, pero en general, el grueso de los vándalos éramos nosotros. Estábamos parados frente a una extensa reja de veinticinco metros de largo que resguardaba un jardín mal cuidado y luego la construcción que servía de aulas. Ahí estaba cuarto año.
Era una casa baja que tenía una puerta en el medio y dos ventanales inmensos de ocho metros cada uno de vidrio repartido…. Esos ventanales eran una verdadera tentación.
Rompíamos las baldosas de la calle y, sin que nadie tuviera la voz de mando, comenzaba, a discreción, la andanada de piedras ¡Qué placer escuchar cómo estallaban los vidrios! Luego salíamos corriendo hacia la esquina y, desde ahí, seguíamos caminando tranquilos como si nada.
Esto tenía un plus que nos reconfortaba e incentivaba a volver ya que a los pocos días habían puesto vidrios nuevos. Claro, no podían dejar que los alumnos se quedaran sin clase.
Aquí cabe cierta reflexión: ¿Por qué la agresión contra el colegio? Y ¿Por qué los vidrios?
Siendo alumnos, si por descuido, desgracia, negligencia o lo que sea, se rompía un vidrio cuyo precio era cien pesos, con colocación y todo, los curas nos obligaban a traer cien pesos a cada uno.
Los curas (porque de eso se trata en un colegio católico) nos decían que cada uno tiene que reconocer la culpa de la totalidad del acto.
¿De qué culpa estaban hablando? Nadie que estuviera estudiando en ese momento iba a destruir las instalaciones del colegio; a lo sumo se respondía a las injusticias con el exabrupto de un “mal comportamiento”. El nivel de opresión – represión era muy alto; la lógica de culpa – castigo reinaba en discurso y acto y, los niveles de vigilancia y sanción moral llegaban a lo más profundo de nuestra vergüenza.

Creo que, desde aquí, la pregunta dos contesta, también, la número uno.
Cuando terminamos el secundario, sin análisis ni elaboración consciente sentimos que teníamos que dar una respuesta; y lo hicimos. Hablo en plural; un nosotros que nos incluye y, en la densidad de los actos, nos empareja.
Nuestra respuesta tenía el estatuto de una manifestación espontánea, sin orden ni organización, que estalla ante la injusticia. Hasta que un día…
Un día algo cambió. Fuimos como de costumbre en noche cerrada a llevar adelante las roturas correspondientes cuando el Tano se dio cuenta que uno de los ventanales estaba abierto.
Ese día en el colegio se celebraba la fiesta de no sé qué santo protector, en la parte central, y se hacía difícil que, con tanto ruido, alguien pudiera escucharnos:
Tano- Voy a saltar la reja y entrar por el ventanal que dejaron abierto ¿Alguien me acompaña?
Se estaba cambiando la ecuación del acto cuando ya todos teníamos las piedras en la mano, inclusive el Tano. Esto exigía un punto más alto de elaboración y compromiso. “Yo”, digo, “¿Qué querés hacer? Te acompaño”. “No sé”, me dice el Tano, “pero vamos igual”.
Mientras los demás compañeros quedaron vigilando todavía con las piedras en las manos (ahora elementos de defensa), trepamos y saltamos la reja, atravesamos los yuyos del jardín y entramos.
El aula ya no se usaba y estaba llena de bancos de colegio. No había posibilidad material de caminar por el piso, debíamos hacerlo sobre los bancos ¡una travesía! Fue necesario mucho equilibrio para no tropezarse y darse un buen golpe. Estaba oscuro salvo la tenue luz que venía de la calle.
El Tano apuntó hacia adelante, donde estaban el pupitre y pizarrón; yo, en cambio me entretuve con algunos libros de una biblioteca. Todo fue muy rápido e inesperado… “Rafa, ayudame”
El Tano había destornillado el pizarrón (era inmenso), lo había cargado sobre su cabeza y venía haciendo equilibrio sobre los bancos. Intenté ir hacia él cuando pisó mal y cayó violentamente. Eso ya tenía visos de tragedia.  Lo levanté como pude, cargamos el pizarrón y salimos al jardín.
La gente estaba saliendo de la fiesta y nos tiramos sobre ese jardín lleno de yuyos esperando que no nos vean; nos miramos con el Tano y, sin decirnos nada, nos estábamos diciendo, con orgullo, que valía la pena.
Esperamos… esperamos… en un momento había tanta gente que no podíamos ni levantar la cabeza… Todo pasa, Rafa, este es el momento y el espacio de la tensión y la épica… aguantá, todo va a salir bien… ya no hay marcha atrás… El tiempo fue pasando hasta que:
-Tano… Rafa… levántense; no hay nadie- dijo el Ruso. Habían vuelto; eso quería decir que ninguna persona quedaba por salir de la fiesta.
Pasamos el pizarrón por la reja y, entre todos lo llevamos a la casa del Ruso ¡Misión cumplida!
Esta especie de operativo comando nos cambió la lógica y visión del concepto de justicia. Nadie se sintió en culpa, es más, un extraño orgullo comenzó a recurrir en nuestras conversaciones. De la misma forma que el cobro excesivo e indiscriminado del vidrio fue la metáfora del sometimiento, esto tuvo valor como expropiación simbólica. Fue algo que nos tomamos como propio de todo lo que nos sacaron.
Razón o no, fue un acto de conciencia y nuestra primera acción política sin que nos diéramos cuenta.
El final de la historia también nos identifica. A las dos semanas fuimos con el Tano a la Casa del Ruso para ver qué había pasado con el pizarrón y el desgraciado ¡lo había vendido! Nos dio una bronca terrible pero el Ruso era inmenso y nadie tenía el coraje de enfrentarlo.
Él se apiadó de nosotros y nos tiró una suave propuesta: “Si quieren les doy la plata que a cada uno le corresponde”, nos dijo.
No tenía sentido. Todos, a esa altura, habíamos cobrado con creces los manjares de la victoria.

Rafael Calomino:
Si por él fuera, querría que digamos que es "psicólogo y escritor", quizás le agregaría "padre, hincha de boca y peronista"; sin embargo, además de poseer varios títulos publicados, ha escrito y dirigido múltiples obras de teatro que lo convierten cuanto menos en una persona a quien el deseo y la pasión no le dan descanso.


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