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Una escuela en Haputale

por Shiru Lerner

BD/ Dambatenna N.01. T.K.V Haputale

07.03.18



Llegué a Haputale con una sonrisa. Sri Lanka ya me venía conquistando con su amabilidad, con su gente amorosa y sus paisajes. Necesitaba respirar un poco el silencio de sus montañas verdes,  así que esa misma tarde me fui a los altos a caminar y perderme entre sus infinitas plantaciones de té.




Tenía 6 km de caminata cuesta abajo hasta llegar a Dambhetena, en donde debía tomarme el bus local para volver. Durante todo el camino me crucé con chicos en uniforme escolar de impecable blanco y azul que volvían a sus casas después de una jornada de estudio. Para mí era sólo una aventura, pero para ellos ese camino cuesta arriba entre montañas era un trajín de todos los días para ir y volver de la escuela. Por cierto, eso no fue lo que más me llamó la atención. Todos los chicos después de la palabra mágica “hello”, absolutamente todos, me pedían lapiceras.

¡Lapiceras!... por primera vez no me pedían comida ni plata.

Esto me generó una sensación rara en el estómago, porque no tenía lapiceras en mi mochila para regalarles.pero además había algo que no terminaba de entender.

Entonces, tratando de entendernos con algunas pocas palabras en inglés, les pregunté dónde quedaba la escuela.

Así fue cómo llegué al lugar; una escuela sencilla  pero que en su favor tenía muchas hectáreas de un “patio” verde. Me recibió muy cálidamente el director quien me mostró todo el lugar y en la recorrida le comenté esto de que los niños me pedían lapiceras.

Él me explicó que se trata de una escuela pública, en donde los chicos no pagan por ir, y donde reciben uniformes y libros de estudio del gobierno pero que es verdad que a veces les faltan algunas cosas para las tareas cotidianas de la escuela. Le pregunté qué era específicamente lo que necesitaban, y su respuesta fue "lo básico: cuadernos, lápices y lapiceras". Le prometí que al día siguiente volvería con lo que encontrara en la librería del pueblo. El director se mostró feliz y agradecido, pero al mismo tiempo percibí que  él no tenía la certeza de que yo volvería; en cambio yo salí de ahí con un objetivo claro; no sabía cómo pero al día siguiente pensaba estar ahí.

Estaba esperando el colectivo cuando llegó una especie de 'bus'. Era una familia local, amigos míos, que habían salido a pasear, así que gentilmente se ofrecieron a llevarme. Ese trayecto entre bombo y música cingalesa, fue una fiesta hasta que me dejaron a dos cuadras del centro del pueblo. Comencé a recorrer los locales buscando dónde comprar los útiles. Finalmente cuando lo encontré, descubrí que el dueño era un señor de gran corazón. Cuando le conté el motivo de mi pedido, me dijo que él se sumaba regalando 25 cuadernos más. Las cosas se iban dando solas.


Así que a la mañana siguiente después de unos buenos mates con vista a la montaña, me fui para la librería.

Esta es la lista de lo que conseguí: 60 cuadernos grandes (todos los que había), 25 cuadernos chicos (regalo del librero), 100 lápices, 100 biromes, 20 reglas (todas las que había), 70 gomas de borrar.

Con todo listo, me fui a la parada del omnibus, y acá estoy camino a la escuela de Dambhetena mientras escribo mi relato.


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08.03.18
De la última parada de bus, es un kilómetro y medio hacia arriba.
Aunque había mucho Tuk-tuks ofreciéndose para llevarme, no estaba dispuesta a pagar precio de turista. Preferí el placer de caminar.
Todos los vecinos del pueblito se asomaban y me miraban cargada de bolsas e intuían para quiénes eran esos útiles. Felices, se pusieron a buscar alguien que me llevara, hasta que de pronto divisé una mirada conocida: era la del director que había venido a hacer un trámite. Me invitó a subir y me llevó en la moto.
Es una escuela de 16 grados, 549 alumnos, niños de entre 6 a 17 años y 20 profesores.
Es una escuela Tamil, pero tienen una interesante mixtura en sus alumnos.
La mayoría son hindúes pero también hay niños budistas, musulmanes y católicos,
Su lengua principal es el tamil, le sigue el cingalés y en tercer lugar el inglés.
Durante dos horas visité la escuela, entré aula tras aula y escuché a todos los chicos presentarse en inglés.
Maestros y niños estaban felices de recibirme. Su agradecimiento se veía reflejado en su simpatía y su sonrisa, pero en realidad la agradecida ante tanto amor fui yo.


Shiru Lerner, se define como viajera y curiosa de esta vida, caminando y descubriendo constantemente lo desconocido. 
Arquitecta recibida en la UBA. Apasionada y activista en el área social de las zonas más vulnerables.

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