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La Ponk

Por Jerónimo Spre

Mi hermano mayor siempre fue un excelente estudiante y vaya a saber por qué vericueto psicológico yo sentía (o me querían hacer sentir y sentía) la necesidad de diferenciarme pero al mismo tiempo de lograr los mismos resultados que él. Por eso le prometí a mi mamá, a los once o doce años, que iba a ser ingeniero civil y que le iba a construir una casa, una promesa hecha sin ningún fundamento pero con serio compromiso de mi parte.
Consecuente con el compromiso asumido, decidí elegir el mejor colegio industrial para cursar el secundario. En ningún momento consideré otra propuesta, de hecho no me importó dar el examen de ingreso (mi gran desempeño en la escuela primaria había generado por entonces en mí una autoestima muy alta)
En ese contexto mis padres me apoyaron (seguramente habrán evaluado también que una escuela del estado era mucho más barata que un colegio privado), entonces di el examen de ingreso sin problemas y entré a primer año cuarta división.
El primer gran impacto fue encontrar a cuarenta y dos compañeros totalmente desconocidos (sólo en el turno mañana había doscientos chicos en primer año y yo venía de un colegio donde en mi curso éramos apenas dieciocho). Por otro lado aquí me llamaban todos por mi apellido (hasta entonces yo ni sabía que lo tenía). Progresivamente fui cayendo en la cuenta de que había cambiado cinco plácidas tardes de colegio primario semanales por una escuela de jornada completa donde me tenía que levantar siete menos cuarto de la mañana para volver seis y media de la tarde (en invierno eso significaba salir de noche y volver de noche, algo que reforzaba mi angustia aún más).
Mientras transcurrían mis primeros días de secundario, sin adaptarme aún  ni a lo grande de los pasillos, ni a los baños con letrina, y mirando con desconfianza esas inmensas puertas con la claraboya abierta, casi amenazante, decoradas de un gris repetido y gastado mano sobre mano de pintura,  conocí al primer personaje impactante: “La Ponk”.
Entró al aula un día martes a las siete y treinta y sacudió mi vida. Su presentación fue:
Conmigo aprueban como mucho cuatro al año. Si las láminas son “escelentes" (así, con “sc”), el primer bimestre la nota máxima puede ser seis (por ese entonces se aprobaba con siete de promedio), pero la mayoría con suerte va a tener un cuatro.”
Los únicos dibujos buenos de los que tenía recuerdo me los había hecho mi mamá (y se había sacado diez). Una vez decidí hacerme cargo e hice un dibujo por mi cuenta para una poesía (creo que de Gabriela Mistral, era un pulpo muy simpático y me saqué un “Muy bien”) pero aún recordando ese único éxito rápidamente me vi entre los treinta y ocho posibles desaprobados, aunque quizás era muy temprano todavía para amilanarme.
Luego del discurso alentador de la profesora, ella escribió en el pizarrón una larguísima lista de útiles: Tablero, regla T, lápices de sensibilidad diferente, plumas, tinta, hojas y …dos cuadernos de caligrafía cuya autora era la mismísima profesora Ponk. Hice rápidamente la siguiente cuenta: a dos cuadernos por bimestre, durante cuatro bimestres, doscientos alumnos sólo en primer año a la mañana, por lo menos...¡mil seiscientos cuadernos! El negocio evidentemente no era escribir, era imprimir cuadernos vacíos.
A la semana siguiente todos llegamos al aula con enormes valijas repletas de cosas. Enseguida se vio la primera sub-división de estratos sociales: los hijos de ingeniero mostraban sus lujosos escalímetros (después comprobé que además dolían en la cabeza) y sus impecables escuadras de acrílico; los parias (claramente esa era mi categoría), habíamos comprado lo que nos había querido vender el empleado de la librería.
Todos nos pusimos de pie. Entró la Ponk.
Inmediatamente, y sin mediar palabra empezó a dibujar un perfecto plano en el pizarrón con una letra más que impecable.
Nosotros teníamos que hacer el croquis, (una especie de borrador pero prolijo) para después en casa reproducir la lámina definitiva, una hecha en lápiz y otra en tinta.
La Ponk caminaba por entre los pupitres haciendo críticas destructivas con absoluta facilidad. Yo veía los cadáveres de mis compañeros y me ponía más nervioso. Los “hijos de ingeniero” quedaban levemente mejor parados. Finalmente Ponk se paró a mi lado, miró el croquis y sentenció en voz desagradablemente alta:
-                     ¡Chambón a la violeta! ¡Me lo como sin camiseta! (al día de hoy sigo sin entender la expresión) ¿Qué está haciendo? ¡Los espesores! ¡Cuídeme los espesores, querido!
Con gran velocidad mi croquis se transformó en una especie de mancha de mugre mezclada con resabios de goma de borrar donde se divisaba algo parecido a la lámina del pizarrón.
Esa fue la bienvenida al trágico, frustrante y conflictivo mundo del dibujo técnico.
Al poco tiempo tuve mis primeros resultados: la angustia terrible que me causaba el fracaso al dibujar y la parálisis de tener que hacer algo que me garantizaba un aplazo. Ese tipo de sensaciones se trasladarían luego a otros aspectos de mi vida. Por eso hoy, a tantos años de haber pasado estas vivencias, puedo decir que el método “Ponk” de educación funcionó a la perfección, ya que, como ella quería, generó en mí un dibujante técnico nulo[1]. El sufrimiento me produjo efectos colaterales tan fuertes, como que creía ver en las sombras de la noche contrastando con la luz del pasillo de mi casa, el juego de líneas de la lámina número dos.
Como la mayoría de los seres humanos, finalmente me fui acostumbrando al sufrimiento y, por lo menos, encontré la solución para no trabajar tanto (si iba al fracaso seguro iba a ser al menos sin esfuerzo). Así que, luego de observar cómo la Ponk abría los cuadernos de caligrafía para firmar sólo la primera hoja, le canjeé a un compañero sus dos cuadernos  completos a cambio de resolverle un par de exámenes de otras materias (los adolescentes en estado de urgencia saben negociar rápidamente). Durante los siguientes bimestres me limité a comprar los dos cuadernos vacíos (que garantizaban igualmente el éxito de cifras de venta de mi profesora de dibujo técnico). Desenganchaba con cuidado las hojas con su firma y enganchaba las hojas vacías, con lo cual tenía dos cuadernos de caligrafía llenos con sólo hacer la primera y la última hoja[2]. Con respecto a las láminas, el negocio era cumplir teniendo todas firmadas y completas (sin importar la calificación, que de todos modos sería baja). Entonces la ayuda llegó por la generosidad de un compañero que nos enseñó a calcar sus láminas ya corregidas; se pegaba la lámina hecha en un vidrio, luego por encima una hoja en blanco y finalmente se alumbraba el vidrio por detrás para calcar en diez minutos una lámina que, bien hecha hubiese llevado horas de trabajo.
A partir de ahí me dediqué simplemente a esperar la llegada del examen de diciembre. La Ponk había cumplido absolutamente con todos sus pronósticos, cuatro aprobados y treinta y nueve desaprobados. Diciembre me aseguró otro fracaso, con lo cual evidentemente mis padres se tuvieron que involucrar. Mi mamá, como era una profesional del ahorro, en vez de buscar a un profesor de dibujo técnico remunerado, consiguió la ayuda de un familiar que se sentó un par de tardes conmigo y me enseñó las artes del manejo del pistolete, el compás y los espesores (a cambio de que mi papá alguna vez le prestara su auto). Esta vez yo me encontraba mejor preparado para la batalla y entonces logré sacarme...¡un cinco! (por esa época se aprobaba con cuatro en marzo). Por el logro obtenido mi papá me regaló mi primer reloj (un Citizen que todavía conservo).
La Ponk fue para esa época un ejemplo de la impunidad de la que gozaban las autoridades en general (ya sea policía, militar, preceptor o profesor de secundaria). Y de cómo uno, sabiéndose candidato a sufrir se las ingeniaba para no morir.
Igualmente pasa que, a veces la vida da revancha.
Veinticinco años después me senté a la mesa de mi cocina una mañana de sábado e hice (con un lápiz de punta mocha, una regla deformada y una hoja cuadriculada), el proyecto para la reforma de mi casa que fue respetado por los albañiles a rajatabla y que hoy todavía disfruto (aunque seguramente la Ponk me hubiera calificado con un uno).
Y un último detalle: en el último cuaderno del año cometí mi más cruel acto de venganza. Entre las hojas trece y catorce, seguro de que el método de corrección de nuestra profesora no lo detectaría jamás, le puse la palabra “hija” (entre el renglón lleno de las haches), “de remil” entre las jotas y “puta” entre las emes. Fue justicia.
 Autor: Jerónimo Spre, enigmático personaje marplatense, del cual no se conocen antecedentes salvo su inexplicable relación con Krisa Fiodor, el lobo estepario.




[1] Pero, como se verá, nada es definitivo salvo la muerte.
[2] Explicaré mejor la situación: los cuadernos de caligrafía eran en esa época de unas veinte hojas. En cada una venía impresa la letra o la palabra a escribir y uno debía llenar tres o cuatro renglones de la misma copiando la tipografía del ejemplo. Las hojas de los cuadernos estaban sujetas con dos ganchos de abrochadora, entonces yo quitaba esos dos ganchos y reemplazaba la primera y última hoja (que como en todo cuaderno de gancho vienen juntas). Finalmente me quedaba un cuaderno rearmado con sólo dos hojas por llenar.

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