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Club de rateros Olivos (un relato ochentoso)

Por Jerónimo Spre

Había tenido un segundo año en el colegio bastante problemático con mis rateadas. Le tomé tanto el gusto a la cosa que, totalmente descontrolado llegué a tener veintitrés faltas y media cuando en mi casa sabían sólo de seis o siete; pero todo se detonó por algo totalmente imprevisto: me llevé Instrucción Cívica a marzo absurdamente por no asistir a clase de esa materia en el último bimestre.  Yo tenía la fantasía de que la profesora me iba a poner el cuatro que necesitaba porque sí, pero ella me calificó ausente como realmente correspondía. Absolutamente desesperado, al llegar diciembre escondí el boletín de notas (mis viejos ni sabían de la existencia del otro boletín de faltas, que firmaba yo sistemáticamente desde hacía ya bastante tiempo).
Un hecho fortuito aceleró mi caída: un día fue a comprar al negocio de mi papá el secretario del colegio. Mi viejo entonces, aprovechó la oportunidad, se presentó luego de indagar un poco y, finalmente, le contó acerca de sus sospechas sobre mí.
-    Disculpe que le pregunte, ¿Puede ser que a mi hijo todavía no le hayan dado el boletín?
-     ¡De ninguna manera!, contestó seguro el secretario. De todos modos, para asegurarnos, ¿me prestaría su teléfono?
Con mi papá de testigo, llamó al colegio y confirmó rápidamente lo que pensaba:
-     El boletín fue entregado hace dos semanas. Me comprometo a mandarle fotocopia por correo porque, evidentemente se trata de un caso extraño.
Al día siguiente mis viejos, ya sin dudas, me metieron en el auto y arrancaron rumbo al colegio. En el trayecto no me quedó más remedio que contar...una parte.
Si bien esta cuestión de haberme llevado a diciembre y marzo una materia sin avisar fue una absoluta sorpresa para ellos, que hasta entonces ni se imaginaban que yo podía llegar a mentir, el asunto no fue tomado tan tremendamente porque en total me había llevado tres materias que, si bien eran un récord para la familia (exceptuando a mi papá que no llegó ni a terminar primer año), con sólo aprobar una me aseguraría el pasaje de año.
Pero a los pocos días, el correo llegó al negocio y cayó mi viejo en casa con las fotocopias de los dos boletines (el de notas y el de faltas).
Sorprendido, no tuve defensa alguna, con lo cual no me quedó más remedio que aceptar la pena que viniese, que fue la de no salir con mis amigos del club durante los siguientes tres meses y, lo peor, la pérdida total de confianza de mis padres hacia mí.
Un adolescente como yo aprendía rápidamente las lecciones, así que en tercer año decidí mejorar la experiencia en un departamentito de fin de semana que tenían mis viejos a la vuelta del puerto de Olivos.

Una de las cosas que más me preocupaban en el colegio,  revertir mi reputación, ya había sido logrado parcialmente, pasando de gordo boludo a sólo gordo (lo cual era definitivamente un gran avance). Los avatares sufridos por mí el año anterior le  habían dado cierta fama a mi persona. Como todavía no tenía un grupo de amigotes afianzado y a la vista de que no lo iba a poder lograr sólo por personalidad, se me ocurrió una gran idea: seleccionar un grupo de compañeros e invitarlos a formar parte de un club con sede... en Olivos. Tenía absolutamente todo estudiado. No había ninguna posibilidad de que algún vecino del piso nos viera entrar ni salir (por lo menos los martes y los jueves, según mi estudio previo, todos se iban a trabajar temprano) y sólo nos quedaba juntar unos pesos para que el portero no levantara la perdiz. La idea era ir en principio sólo una vez por semana pero organizados como grupo con el siguiente sistema de reglas:
Regla 1: algún integrante del club deberá dar el presente por mi persona en la primera hora de clases ( aunque dependiendo de quién cuide la puerta, a veces entraría yo mismo para salir sin problemas a la calle minutos después)
Regla 2: todos los miembros deberán administrar sus faltas para no llegar nunca al límite de las quince, y así no depender de la firma de ningún padre (se toma como valor la astucia pero no la mentira burda)
Regla 3: todos los miembros, menos quien suscribe, por ser el anfitrión e ideólogo del Club, deberán recaudar suficiente dinero entre los compañeros del curso como para lograr que la estadía sea lo suficientemente cómoda con comida y bebida incluidas. Se debe pedir sin abusar, pero robar jamás.
Regla 4: quien incurriera en algún error que pudiera poner la estadía en evidencia, será castigado con la expulsión inmediata del club.

El club de rateros Olivos terminó funcionando mucho mejor de lo esperado. Los primeros días nos dedicábamos a jugar al truco o al Estanciero. En las sucesivas semanas fuimos optimizando las actividades hasta llegar a armar nuestro propio taller de estudio. “Boludear cuando se debe estudiar y estudiar cuando se debe boludear”, fue nuestro lema.
Las calificaciones de todos los integrantes del club, comenzaron a subir en el colegio y, en algunos casos, hasta fuimos tratados de “buchones” por nuestros compañeros del aula quienes no podían entender que se nos hubiese ocurrido cultivarnos intelectualmente durante las rateadas. Hubo días en que dedicamos la mitad de la mañana a leer “El Matadero” y la otra mitad a debatir acerca de la historia argentina.
Mientras transcurrían aquellos pasionales debates entre murmullos para no alertar a los vecinos, alguno de los miembros se ocupaba de armar la picada obtenida producto del cumplimiento sistemático de la regla número 3.
El momento cúlmine de la rateada era el almuerzo, donde la tradición indicaba comer acompañados de la televisión Noblex de catorce pulgadas blanco y negro puesta en el canal de “Almorzando con Mirtha Legrand”. Terminado el horario de almuerzo nos turnábamos para dejar el departamento sin rastro alguno de suciedad y nos tomábamos el tren de vuelta que nos llevaba al velódromo municipal, en donde se daban las clases de educación física.
Nunca supe si mis padres se enteraron o no de la continuidad de mis incursiones por el departamento, pero en el caso de que alguien se los hubiese hecho saber, el boletín de faltas no hubiese permitido el menor acto de desconfianza por parte de ellos y el boletín de calificaciones tampoco.
Con el tiempo, la tan rentable regla tres comenzó a fallar, ya que nuestros compañeros de clase comenzaron a ofrecer aportes a cambio de ingresar al club, lo cual hizo que, por efecto de la tentación por el dinero ofrecido, el club tuviera más miembros de los que se podían tolerar si se pretendía mantener la discreción. Además, hubo días en los cuales el aula se notaba particularmente desierta con el consabido peligro de levantar sospechas. Al no poder cumplir con los compromisos, aparecieron las primeras amenazas de los nuevos aportantes:
-       Si no me llevás al club, abro la boquita, ¡eh!
Esto motivó que el Club de Rateros dejara lentamente de funcionar.
Al año siguiente, cuando decidí cambiarme al turno tarde, el tono de las propuestas para las rateadas a Olivos cambió radicalmente y revalidar la experiencia se terminó haciendo insostenible.
-      Llevemos unas putas (intentaba convencerme un compañero con bastante más edad y vasta experiencia con mujeres de la vida).
Yo me negaba sistemáticamente porque no me animaba a decir que, lo más cercano al sexo que había tenido en mi vida hasta ese momento, eran las películas de Isabel Sarli que veía en el cine Continental de Flores. 
Por esos años, aprendí junto a los históricos miembros del club una de las máximas adolescentes más importantes que todos los adultos que se precien de tales, negarán sistemáticamente con el descaro de la hipocresía que da la edad : Lo importante de nuestros errores no es corregirlos sino inventar mecanismos eficaces para que, la próxima vez, los mismos pasen tan desapercibidos que ni el más taimado de nuestros observadores pueda rompernos jamás las pelotas.



 Autor: Jerónimo Spre, enigmático personaje marplatense, del cual no se conocen antecedentes salvo su inexplicable relación con Krisa Fiodor, el lobo estepario.


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