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Él y los demás

Autor: Rafael Calomino

Luisito era más inteligente que todos nosotros.

Alumnos, profesores y el colegio mismo le quedaban chico.

Vivíamos una época muy represiva y la educación, como sabemos, promocionaba lo peor de la sociedad. Al menos y para ser justo, así era nuestro secundario y muchos de los colegios religiosos católicos que inundaban Buenos Aires; pero con Luisito no podían.

Él tenía el don de… de… ¿cómo explicarlo? Era seductor, atrevido, sumamente inteligente, oportunista, inesperado, podría llenar la página con elogios y no me alcanzaría para mostrar un instante de su genialidad.

Era el único que, hiciera lo que hiciera, no daba margen para ser sancionado, inclusive los profesores que gozaban aplicando medidas represivas quedaban atrapados en su talento.

Va un ejemplo.

Lo mandaron a sentarse en primera fila; al menos, lo tenían controlado si se copiaba. Su compañero de banco era un chupa medias furioso y, como recompensa, los curas, lo ungieron como el mejor de la clase. Luisito, como era lógico, lo aborrecía.

Un día Quique, este alumno aplicado, trajo el nuevo libro de historia que, hasta ese momento nadie había comprado ni estaba en los planes hacerlo, y se lo mostraba a cada profesor que entraba. Se floreaba, en cada nueva clase, sea cual sea, con el libro abierto sobre su pupitre.

Llegó la hora del profesor de geografía que generalmente irrumpía como si hubiera perdido algo; y en este caso parecía más evidente ya que abrió su portafolio sobre el escritorio y no se cansó de buscar, hasta que nos dijo: “¿Alguien de ustedes me puede dar una hoja?”.

Luisito, en un instante, le arrancó una hoja al libro nuevo de Quique, se levantó y se la dio al profesor. Todos quedamos pasmados y él dijo: “Lo vi tan preocupado, profesor, que quise cumplir con su pedido lo más rápido y mejor que pude”.

Dibujo realizado por Carolina Gomez
Fue tan veloz y contundente que no hubo espacio para la sanción, Quique ya no podría florearse más ante las autoridades con su nuevo libro recién estropeado y nosotros lo festejamos como nadie

Ese era Luisito.

Uno de sus puntos más altos fue en tercer año en la hora de historia. Ante un profesor pálido con poca energía y tedioso tuvo una actuación memorable…

El hombre pedía silencio y nadie le hacía caso hasta que se enojó y pegó un grito, “¡Dije silencio, carajo!” Todos nos callamos… menos Luisito:

-Sabe profesor- le dijo mientras se levantaba de su asiento- no quiero crear discordia, pero los que hacen lío son los de atrás.

- ¡Eso no es cierto! - Se levantó Lucio, uno de los compañeros más aguerridos y muy amigo de Luisito - Esa es una acusación muy seria y sin fundamento ¡Nos estás ofendiendo, Luis!

-Perdón, Lucio solo digo la verdad, tienen que reconocerlo. Solo estoy ayudando a la clase y al profesor ¡Son los de atrás!

- ¿Ah, sí? - le dijo Lucio haciéndose el enojado- ¿Por qué no lo venís a decir acá? Atrevete.

-Así no se puede - le dijo Luisito al profesor - Con la agresión de mis compañeros no vamos a ningún lado.

Lucio hizo que se enfurecía más y fue hacia adelante como si quisiera pegarle a Luisito. El teatro brillaba en su máximo esplendor hasta que el profesor, desconcertado, lo echó de la clase. Lucio se fue entre puteadas por lo bajo y con un portazo tremendo sin antes gritar: ¡Injusticia!

Todos estábamos pasmados; el silencio aumentaba la tensión hasta que Luisito, quién otro, dijo las palabras exactas: “Permítame, profesor, voy a salir de clase a calmar a Lucio, él es un buen muchacho y se puso muy nervioso ¡No es para menos!”

Y antes que alguien reaccionara salió de la sala como yendo a apaciguar a su compañero.

El profesor trató de seguir hablando de historia como si nada pasara, pero fue imposible: del otro lado de la puerta se escuchó un grito y la voz de Luisito diciendo: “¡No me pegués Lucio, no me pegués! Tranquilo, Lucio, ¡por favor!” La puerta se sacudía dándole más dramatismo a ese supuesto acto de violencia.

El escándalo duró más de un minuto en donde todos estábamos suspendidos hasta que se hizo un gran silencio y luego de unos segundos eternos entró Luisito solo con la camisa afuera, despeinado, sin un zapato, agarrándose la cara: “Me pegó, pero lo calmé ¡lo logramos!

El profesor, desesperado y tomado por el desconcierto, lo echó de la clase a él también y agregó, como sanción, que vaya directamente a Dirección.

-Pero profesor- le dice Luisito- yo no hice otra cosa que tratar de ayudarlo

-No se lo vuelvo a repetir. ¡Se va a la Dirección!

En cuanto Luisito, derrotado, salió de aula, la cara de satisfacción del profesor fue apoteótica, ¡había triunfado!

El más torpe de los profesores había doblegado al más inteligente de los alumnos. ¡Nunca había sucedido!

Se sentía ahora más alto que un gigante; quería sangre, y antes de retomar la anodina lección de historia nos amenazó con toda la batería militar que podía relucir con pleno derecho.

Diez minutos…

Si. Fueron diez minutos, ni uno más, los que tardó en entrar el director del colegio al aula, hecho una tromba.

Ni siquiera saludó, ni tuvo el menor pudor por los alumnos que estaban presentes. Se puso frente al profesor y no paró de gritarle, que cómo mandaba a la dirección a un pobre alumno que solo quería ayudarlo, que lo iba a denunciar por exponer al pobre Luisito ante la ira de Lucio que estaba descontrolado. Que debía ser el culpable de la rabia que generaba en los alumnos y no sé cuántas cosas más.

Luisito, lentamente se fue a sentar lleno de dolor y humildad. A Lucio, el director lo invitó a tomar un tecito para que se calme y el profesor fue suspendido por dos meses.

Ese era Luisito…

Dieciocho años después tuvimos la primera reunión de egresados. Nadie puede dar cuenta por qué, pero terminamos estallados en pequeños grupos que se dieron la espalda entre sí.

Esa noche cada uno fue contando anécdotas que fueron recorriendo el espacio común e hilvanando los retazos de historia, por primera vez en mucho tiempo, nos podían unir e identificar.

Cuando le llegó el turno a Luisito dijo:

-El más vivo de todos nosotros era Rafa. Era el que más sabía lo que las minas querían, el que mejor organizaba la joda y el que manejaba mejor a los profesores.

Me quedé helado. Nada de lo que dijo es cierto. Nunca entendí por qué lo hizo. Creo que mis otros compañeros también lo sabían. Quizá sintió que algo me debía, como para compensar o agradecer lo evidente de mi admiración.

Sea como sea siempre me sentí honrado de que me haya tenido en su recuerdo.

Volvimos al principio. Como siempre él estaba un paso delante de todos y sabía, en cada ocasión, aunque ya no nos protegieran las conocidas redes de nuestros afectos, que era lo que había que hacer.


Rafael Calomino:
Si por él fuera, querría que digamos que es "psicólogo y escritor", quizás le agregaría "padre, hincha de boca y peronista"; sin embargo, además de poseer varios títulos publicados, ha escrito y dirigido múltiples obras de teatro que lo convierten cuanto menos en una persona a quien el deseo y la pasión no le dan descanso.


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