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JuanPi


Por Andrea Meritello

Caminaba solo a unos cinco metros delante de mí por la calle Güemes. Al principio no le presté atención ni lo reconocí: era temprano y yo corría al trabajo mientras pensaba muchas cosas al mismo tiempo (los adultos siempre pensamos muchas cosas al mismo tiempo). Él iba apurado pero sus pasos eran livianos, como si tuviera resortes en sus zapatillas, como si la mochila del superhéroe no le pesara tan llena de libros, como si no tuviera preocupaciones, como si fuera un niño de diez años. Un niño de diez años sin preocupaciones.

Resumiendo: un niño de diez años sin preocupaciones camina cinco metros delante de mí, una adulta de unos cuantos más con muchas cosas en la cabeza al mismo tiempo, cosas que parecen preocupaciones pero sólo son ruido, “ruido mental” (mi abuela siempre decía eso).

Me apuré porque llegaba tarde. Lo pasé al trotecito. Lo reconocí por su pelo brillante, porque el viento le jugaba en los mechones mientras rebotaba en la vereda hacia el colegio. Lo reconocí por sus pasos-saltitos, por su mochila como tantas otras, por su voz inconfundible (iba tarareando). Él no me reconoció porque yo en estos años cambié un poco. Y porque seguro no me vio, tan en su mundo como iba.
Dibujo realizado por Mili S.

Yo lo vi y se me vino a la cabeza lo que supe hace dos años, cuando después de mi conversación con la maestra todos parecían preocupados por él. JuanPi: madre médica, padre astrólogo (sí, astrólogo). Una imaginación maravillosa. Poca atención en clase. Una sonrisa encantadora. Más capacidades de las que todos imaginaban (imaginábamos). Y un yunque gigante colgándole del cuello. Gigante y pesado. Enorme. En esos días me enteré de que JuanPi era JuanPi porque su abuelo era matemático. Entonces la madre le puso Juan; el padre, Pablo. Y el abuelo decretó Juanπ. Lo cierto es que JuanPi odiaba la matemática, se cagaba en la biología y las estrellas le parecían el mejor lugar para un astronauta (eso lo dijo el padre en la reunión con la maestra, me lo contó mi compañera, lsabel, que siempre estaba en el lugar justo en el momento correcto y se enteraba de todo). 

Antes de eso, yo me lo había encontrado en el patio de la escuela llorando en el banco que está medio escondido entre los malvones rojos de la monja, perdón, de la hermana Hilda. Le pregunté qué le pasaba y así, como si nada, empezó a contarme una historia enorme, muy pesada (el yunque). A mí también me pesó mucho la confesión y seguí barriendo. A la semana siguiente pasé por el pasillo de la Dirección en un recreo, me la encontré a la señorita Lili y le conté todo. Me miró con los ojos grandes y la entendí: a veces las historias pesadas nos dejan con los ojos bien abiertos, como si de repente nos sorprendiera una cachetada. Nos quedamos duros, respirando despacito, sin reacción; porque nos da miedo de que en la reacción el golpe duela más todavía.

Unos meses después me echaron, pero por otra cosa, nada que ver.

No supe qué fue de su vida hasta hoy cuando lo vi feliz, cinco metros delante de mí, rebotando en la vereda. Y yo con mi ruido mental y mi apuro por llegar temprano al negocio de la señora Elsa.

Autora: Andrea Meritello.
Hace unos cuantos años, cuando Andrea Meritello era chiquita, le encantaba leer y jugar a la maestra. Años más tarde, se recibió de Profesora y Licenciada en Letras en la UBA; y un poco después, de Especialista en lectura, escritura y educación en FLACSO. Hoy sigue leyendo, le gusta bastante estudiar y da clases en los niveles medio y superior.







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