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Sonrisas verdes de té y esperanza


Por Shiru Lerner

Después de dar una vuelta por Ban Kham, un pueblo chico de no más de 100 casas, compartiendo té con algunas vecinas, miradas con otras, risas con algunos niños, llegué a la escuela. Como eran las 18.30, los chicos ya no estaban. La escuela quedaba en el punto más alto del pueblo así que decidí regalarme uno de los atardeceres más bonitos del viaje. Me sentí abrazada por la energía del sol poniente y por su aire fresco con aroma a especias.
Dos maestras que viven ahí porque sus casas quedan en otras ciudades alejadas, se sentaron junto a mí para acompañarme y al ratito de charlar me invitaron a ver a los chicos la mañana siguiente.

Tanto insistí que le gané por cansancio a Tun Tun, el muchacho local que habla inglés, para que fuéramos a primera hora y entonces empezar un rato más tarde nuestro trekking.

Me desperté ansiosa y llegué a la escuela minutos antes de que empiece la clase; ver arribar a los alumnitos poco a poco, todos con su morral colorido, sus cuadernos y un único lápiz negro, sacarse sus calzados en la puerta y entrar con una sonrisa, me generó a mí una sensación de respeto por el lugar, unánime con la de ellos.
Los más grandes barrían la tierra con escobas, los más chicos correteaban por ahí, se  trepaban a los árboles y jugaban con las rocas.
Mientras todos me miraban como si fuera una extraterrestre, yo opté por convidarles caramelos, entonces cada uno de ellos que aceptaba el regalo me devolvía una sonrisa avergonzada.
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La escuela era una construcción muy acogedora, un solo espacio amplio de unos 5x10 metros.
Un tercio era un espacio libre para 16 niños de 3, 4 y 5 años. Separados por un mueble había pupitres distribuidos en 4 sectores, en el que cada uno correspondía a un rango de edad primaria (26 niños).
Al lado había una construcción de madera y otra de chapa. Correspondía a la vivienda y cocina de las profesoras.
Su sonrisa, era sin duda la sonrisa Myanmarense. Una sonrisa pura, llena de amor y humildad.
Sólo hablaban pocas palabras en inglés pero sus ganas de recibirme y charlar eran inmensas.
Así que me invitaron a tomar un té en la cocina, donde el fuego, el humo y la chapa sin ventanas no eran la mejor combinación, pero así son la mayoría de las construcciones en estos pequeños poblados.

La mayoría de los niños había llegado, ya era la hora de comenzar, entonces fuimos al gran espacio aula. Automáticamente los chicos formaron, cada uno en su asiento y empezaron a cantar el himno de Myanmar. Se me puso la piel de gallina. ¡No les pudo explicar la emoción de ese canto y de esos chicos!.
El himno duró como 10 minutos. ¡Asombroso! Durante ese tiempo algunos bailaban, unos aplaudían y otros solo cantaban con respecto.
La maestra se había ido. Ellos sin titubear seguían cantando.
Terminado el himno, cada uno tomó su asiento. Algunos empezaron a charlar entre ellos y otras a jugar a chocar las manos.




Era su hora de empezar y mi hora de irme,
Me despedí de la maestra con un abrazo inmenso y de los niños con una mirada cómplice.

Me esperaban 6 horas de caminata, en las cuales ni un minuto pude de dejar de pensar en la sonrisa de cada uno de esos niños. Particularmente de dos niñas que había conocido la noche anterior, porque eran las vecinas de la casa donde dormía.
Dos niñas, a quienes  los vecinos cuidaban, les daban de comer, las llevaban a la escuela, les daban amor.
Dos niñas a las que el padre abandonó y cuya madre tenía alguna enfermedad mental por lo cual muchas noches no volvía a la casa y las que volvía no les daba el mejor trato.
Es un pueblo chico, entonces entre todos se ocupaban de ellas.

Esta es una de las tantas historias que se viven día a día en este pueblo de Myanmar.
Un lugar en donde sobra el amor, las fuerzas, las sonrisas, la humildad y las ganas de salir para adelante.

Pero también un lugar donde faltan recursos.

Es un lugar que me despertó una chispa y me robó un pedacito de corazón, donde mil ideas se me vinieron a la mente. Un lugar donde voy a volver a abrazar.

Shiru Lerner, se define como viajera y curiosa de esta vida, caminando y descubriendo constantemente lo desconocido. 

Arquitecta recibida en la UBA. Apasionada y activista en el área social de las zonas más vulnerables.


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