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Remembranzo y su hipercófides

Autor, Jerónimo Spre

Cierto día, Remembranzo se dijo a sí mismo cual novela culebrón: 
        "Ya puedo hacerlo, ya estoy capacitado." 
Era algo que venía observando desde hace mucho tiempo, pero que últimamente le despertaba cierta ansiedad.

El aburrimiento que le producía aquella clase de historia, hizo que se precipitaran los hechos. Pidió permiso para ir al baño.
       "Vaya", dijo la profesora un tanto disgustada por la interrupción.
El baño del colegio quedaba al final del largo balcón del primer piso que daba al enorme patio. Cuando entró había un pibe de quinto fumando. Sintió tanto estremecimiento como admiración por la imagen del humo que salía potente de la boca del alumno, para luego suavizarse con el aire.
      - No vayas a decir nada porque te cago a trompadas, dijo el chico mirándolo fijo.
Entonces Remembranzo bajó la vista y se metió rápidamente en una de las letrinas. Intentó no mirar pero miró, el fondo era una mugre, la pared trasera en la que estaba colgado el depósito de agua estaba llena de manchas de caca producto de las urgencias y de la falta de papel. Intentó situarse de espaldas, de manera que sus zapatos no se mancharan con el charco de pis, agua y mugre, mirando hacia la parte de atrás de la puerta de madera pintada de gris plagada de inscripciones, la mayoría con insultos hacia los profesores, algunas pocas con consignas políticas.
Sacó un espejito del bolsillo y con las manos temblorosas miró. Notó cómo su hipercófides se reflejaba ténuemente en él. Acercó el espejo a su boca y le tiró aliento. Limpió con el puño del blazer gastado y volvió a mirar. Ahí estaba...
Se sintió feliz. Por fin un momento de felicidad... Tenía ya un hipercófides propio. Sin embargo, a medida que lo iba reconociendo más en el espejo, notaba que en él había algo distinto con respecto a los que había visto en los otros compañeros aquella vez en el vestuario. Su hipercófides era azul, ahí radicaba la diferencia.
Remembranzo volvió a clase sabiéndose diferente.
Cuando ese día salió del colegio, caminó por Paseo Colón hacia el subte A mucho más erguido, sentía que cada persona que lo veía lo admiraba, que todos los transeúntes se quedaban absortos al detectar cierta belleza que su cuerpo emanaba.
Muy pronto toda la micro-sociedad que abarcaba todas las estaciones de subte desde Plaza de Mayo a Río de Janeiro supo que Remembranzo era el "ser del hipercófides azul" y él logró, desde su nuevo punto de vista, cierta aura de veneración o, por lo menos, esa era su sensación. En realidad, no estaba del todo seguro si lo había soñado o si el reconocimiento era real, pero de todos modos Remembranzo se sentía muy dichoso con su hipercófides azul, al punto de pasearse por el barrio, con marcados aires de superioridad.

Pero poco tiempo después salió la ley: “Prohibido ser único”.

Remembranzo no tardó mucho en comprender que aquella ley lo condenaría a estar solo, "fijate dónde te metés", le decía su papá. 
Las siguientes noches tuvo pesadillas, hasta que finalmente se decidió. Contempló su hipercófides azul con toda la angustia y la incertidumbre que producen las renuncias, tomó en sus manos una cajita que le había dado un compañero aplicado y obediente y la abrió. Adentro había un hipercófides rojo. Cortó cuidadosamente para no dejar rastros y mientras trabajaba en el reemplazo pudo sentir la misma sensación de liviandad que le producía prender la tele todos los días, la misma que incluso siente hoy.
Un poquito lloró, otro poquito sangró, pero ahora Remembranzo es igual a todos.
Cada tanto se plantea preguntas profundas, como por ejemplo el por qué todas las palomas que se cuelgan de los cables que cruzan la calle, miran siempre para el mismo lado. Pero no se ocupa demasiado de encontrar la respuesta.




Autor: Jerónimo Spre, enigmático personaje marplatense, del cual no se conocen antecedentes salvo su inexplicable relación con Krisa Fiodor, el lobo estepario.

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