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Un sastre

Por Claudio F. Sprejer

Soli, aún con una de sus tijeras en la mano y midiendo y cortando sus telas remarcadas con tiza, tenía preocupaciones relacionadas con sus hijos, que intentaba articular cual traje de alpaca inglesa. Cuando sus pensamientos se desbordaban él calmaba su ansiedad caminando ida y vuelta de punta a punta por el taller. Su hija mayor no le representaba un problema ya que estaba, felizmente para él y para su mujer Berta, unida en matrimonio con Isaac, un vendedor de carne kosher del Once, aunque le molestaba un poco que prácticamente nunca salieran del barrio, quizás alguna vez podrían llegar hasta la avenida Callao, pero jamás lo harían en Shabat, el día de descanso en el que a lo sumo caminarían juntos hasta la sinagoga de la calle Paso. El hijo del medio, en cambio, había caído en desgracia ya que había sido convocado al servicio militar. Eso significaba perder durante uno o dos años el ingreso por su trabajo como vendedor de casimires y obligaba a Soli a tener que vender unos cuantos trajes más al mes.
El hijo menor, Schloime, quien no parecía tener la misma lucidez que sus hermanos, era muy cuidado por la familia y, a sus quince años, Soli sólo le permitía llevar y traer trajes, pero era suficiente ya que podía producir cada tanto alguna propina y así también colaborar.
Berta, una Idische mame también preocupada por su hijo soldado, le preguntaba a Soli todos los días cuando llegaba con las viandas al taller:
- ¿Qué sabés del nene? ¿Pasará frío? ¿Qué le estarán dando de comer? ¿Y qué vamos a comer nosotros? ¡Beitzmir, que el supremo nos proteja!
El sastre cortaba paños pero no contestaba.
- Soli, la gente no tiene cabeza para comprar trajes...
Él medía y reordenaba sus telas pero el único sonido que se oía era el de la escoba de la vecina frotándose contra el piso.
- Querido, tenés que hacer algo, por favor...

Cuando Soli se sentía confundido, iba a visitar a su padre al templo.
El rebe siempre lo esperaba sentado en el mismo lugar, desde donde dominaba todos los ruidos y olores. No veía desde su nacimiento, pero, en realidad, no necesitaba ver, sólo necesitaba entender. Escuchó atentamente para luego de unos segundos de reflexión decir:
-Hijo, usted tiene que rescatarlo antes de que los militares se den cuenta de que es judío.
-Pero, Rebe, no conozco a nadie con quién poder hablar, dijo Soli con cierto dejo de impotencia.
-Busque en su cuaderno de clientes que seguramente algo va a encontrar. Y piense, piense todo lo que pueda.
-¿Pero... papá, y si no se me ocurre nada?
-Acuérdese de Él[1], que lo llevará a la solución.
-Rebe, ¿no tiene algo más concreto para decirme?
Si bien Soli era hijo de un rabino, no confiaba tanto en los poderes del Supremo como en los de su padre.
-Hijo, hágame caso, lea el Talmud y piense...

Soli, tal vez cansado por la insistencia de Berta, tal vez por necesidad, quizás por su obligación de padre, o simplemente por amor a su hijo, buscó en su cuaderno con paciencia hasta que encontró la tarjeta del coronel.
La costumbre de años de guardar sus cajas llenas de tarjetas y sus cuadernos con direcciones y nombres, finalmente lo habían ayudado. Más tranquilo entonces, se sentó en la noche a leer el Talmud, como le había sugerido su padre, y, luego de unas horas, encontró entre sus hojas, este cuento jasídico:

El agua y la voluntad de Dios

Un jasid llegó corriendo a su rabino:
-¡Socorro, ayuda, mi casa se incendia!
El rabino lo calmó. Tomó su bastón y le dijo:
-Corre a siete codos uno de otro. Cuando llegues al séptimo, da siete pasos hacia atrás y después arroja el bastón hacia el extremo este del incendio.
El Jasid  corría ya con el bastón a su casa cuando su rebe lo detuvo.
-Hijo mío, además del bastón, arrójale también agua. Mucha agua. ¡Toda el agua que puedas!

Esa noche, Soli no sólo no durmió, sino que se la pasó trabajando acompañado por los tangos de la orquesta típica de Firpo que sonaban en su radio a válvula. Cuando la vista no le dio para más, durmió unas pocas horas de mañana y al mediodía volvió a internarse dentro del taller. Finalmente, esa noche tuvo todo listo.
-    Berta: mañana me voy temprano.
-    ¿ A dónde?
-    Ya vas a ver…
Y entonces Berta, su mujer de tantos años, entendió todo sin preguntar más.
Cuando las primeras humedades del Once se mezclaron con los carritos de los repartidores de diarios, salieron padre e hijo cargando paquetes. La caminata iba a ser larga...
-    Tate, ¿dónde vamos? (preguntó Schloime)
-    A sacar a tu hermano de la cárcel, porque parece que se portó mal…
Schloime no necesitaba más explicaciones. La posibilidad de volver a ver a su hermano lo conectaba con lo que más le importaba en la vida: ir a la cancha a ver a su  River Plate.
Finalmente llegaron al regimiento.
Soli, tímido, se acercó al soldado de la puerta.
-    ¿Puedo ver al coronel?
-    ¿Usted quién es?
-    El sastre.

Schloime se quedó sentado en la vereda, entendiendo que tal vez habría mucho que esperar, pero eso era algo que él sabía hacer muy bien. Cerraba los ojos y se imaginaba al Charro Moreno gambeteando, esquivando patadas y hamacando su cintura para pegarle un puntinazo a la pelota y clavarla en un ángulo… Después salía corriendo hacia la platea y saludaba al pueblo riverplatense.
Soli se sentó a esperar en una sala contigua. Apoyó todos los paquetes con cuidado.
El coronel salió un tiempo después.
-    Usted es…
-    El sastre.
El coronel puso cara de poco interés, pero sus ojos se le escaparon lascivamente hacia los paquetes. Se imaginó en la barra del Círculo Militar luciendo uno de sus trajes con un vaso de whisky en la mano, como si  él fuera el protagonista de Casablanca y no Humprey, como si en vez de un militar al servicio de la Patria y los Santos Evangelios él fuera el galán rebelde y un batallón de Ingrid Bergmans clavara los ojos en su sexo... 
Soli percibió la mirada del coronel y se sintió un poco más seguro, sabiendo que en los paquetes estaba el agua… el agua que apagaría el fuego del incendio que había leído en el relato del Talmud.
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Schloime pudo divisar la silueta de dos personas caminando rápidamente hacia la puerta del comando y empezó a gritar:
- ¡Hermano! ¡Tate!, y los hermanos al reencontrarse se abrazaron fuerte. Schloime le daba besos y lloriqueaba…
-Vamos hijos. Berta seguramente nos espera con Kreplaj y cebolla. ¡Hay que festejar!, dijo Soli.
Caminaron un largo rato disfrutando del alivio de la ausencia de paquetes, del sol, de las calles semivacías y de los gorriones, mientras silbaban tangos.
-Papá, ¿cómo hiciste para sacarme?
Por primera vez en muchos días, Soli esbozó una sonrisa limpia y habló.
-Hijo: fue algo que leí en el Talmud. Eso sí: vas a tener que trabajar mucho para pagarme los siete trajes que le hice al coronel.
Y siguieron caminando silbando tranquilos calle arriba, hasta que finalmente los tapó el alarido del botellero.


Claudio Sprejer es un Docente de amplia trayectoria. Ha publicado numerosos trabajos y proyectos a lo largo de su carrera por los que ha obtenido diversos reconocimientos. Narrador y ensayista, es ideólogo e impulsor principal del proyecto "DeCeducando al Sur". Algunas de sus publicaciones también han salido a la luz con el seudónimo de "Jerónimo Spre".





[1] Él: Dios

Comentarios

  1. No conozco al autor y, claro, tampoco a su obra. Este texto tiene el sabor de los que tienen como estímulo las leyendas y parábolas jasídicas. El escenario y la época no permiten un estallido místico. La Argentina tiene mitologías: desde la venalidad del funcionario hasta las hazañas del Charro Moreno.

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