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Ladrones económicos

Autor: Jerónimo Spre
“No hay temas más o menos interesantes. 
Lo que importa es el modo”. 
M.S.

La facultad siempre se encontraba repleta de alumnos. Nosotros estábamos ubicados en las filas del fondo, a una importante distancia del eje de la clase, era una intersección perfecta entre las ganas de escuchar y las de huir sin interrumpir. Económicas era un lugar raro, o yo me sentía raro allí. Gente por todos lados, gente en el baño, gente en el bar, gente en la puerta, en los ascensores, en los rincones, en las aulas, gente… Apurados, haciendo filas, esperando eventos, mirando relojes, cargados con libros pesados con olor a retórica inútil o con fórmulas matemáticas alejadas de su propia belleza, de la matemática sin intención, de la matemática por el placer de ser ella misma. Eso es. Económicas era una facultad repleta de gente con intención. Nada me conectaba con ese lugar salvo el mandato paterno, pero, al mismo tiempo me resultaba fácil ir porque las insípidas clases no requerían de demasiada inteligencia. No hacía falta inteligencia para aprender contabilidad ni economía. Sólo había que sentarse y escuchar, pararse e irse. Cumplir y nada más.

Cada materia tenía varios horarios y varios profesores que pertenecían a una misma cátedra regida por un único titular (una especie de semidiós). Todos en la facultad manejaban muchos datos, datos acerca de la conveniencia de cursar en tal o cual cátedra por sobre otra, datos para conseguir exámenes resueltos o datos de fotocopias, de putas instruidas, de alumnas condescendientes, de correlatividades, datos de trámites, certificados de alumno regular…tercer piso oficina veintidós a la derecha. Todo transcurría dentro del universo paralelo delimitado por la manzana que ocupaba la facultad y cien metros en derredor de ella. Salías a la calle y te sentías igualmente preso por el humo de los colectivos, de las bocinas de los Fiat, del ruido de las motos cadeteras. Por reflejo caminabas con las manos en los bolsillos (aunque no hubiera ni un centavo) porque tenías la sensación de que la mano de un experto punga iba a atravesarte sin dejar rastros. Yo lo rechazaba pero, al mismo tiempo formaba parte de todo esto. Era un cómplice más.

Desde mi lugar en el fondo escuché al profesor en tono formal algo cínico


"Vamos a tener que pasarnos todos al aula magna porque unificaremos nuestra clase con los alumnos del aula catorce, ya que su profesor se ausentó por tener que confeccionar una memoria y balance."

Nadie protestó, todos se levantaron con la celeridad de quien busca ganar un buen lugar pero intentando disimularlo con la mirada (hipocresía que a futuro ejercerán los especialistas en economía). Pensando en mi predilección por los asientos de atrás y, dudando al mismo tiempo de si ponerme o no en la fila del baño, perdí unos segundos preciosos. En el sector perteneciente a la mesa de adelante, que ya había quedado vacío de gente, vi tirado un libro: “Economía y sociedad”. Casi sin pensarlo, me deslicé hacia delante y lo tomé. Nadie notó mi movimiento, probablemente porque representaba algo mínimo entre los cinco mil movimientos que se desarrollaban en ese mismo instante. Salí del aula por la puerta izquierda y sentí una mano en mi hombro. Me di vuelta algo sobresaltado.

- ¿Vas para la otra aula?, apareció mi amigo Alejandro.
- Mmm, Sí…

A esta altura ya estaba siendo arrastrado por el gentío. El libro ya me pertenecía, el hecho de la apropiación, había sido para mí enterrado, jamás había ocurrido. Todo lo que lucía por debajo de mis axilas, era de mi propiedad.

Alejandro y yo nos sentamos en las butacas grises del centro, esperando que todo se ordene para retomar la clase. Apoyé mis cosas en la butaca libre mientras me dediqué a mirar el trasero de una compañera con ínfulas de secretaria ejecutiva. De pronto, y sin explicación, se me vino a la mente aquella bicicleta roja de media carrera que el amigo del Bocha, que a su vez manifestaba ser mi amigo, robó del velódromo municipal para canjearla conmigo por el reloj pulsera Casio con calculadora que mis viejos habían traído de Estados Unidos aquel año. Una bicicleta estaba destinada a solucionar en parte mi falta de efectivo. Una vez que la obtuve quise legalizarla y entonces ideé una maniobra genial: fui al negocio en donde el rodado había sido comprado por el infortunado dueño (la dirección figuraba en la etiqueta adhesiva junto al caño) y le pedí al vendedor del local una factura de compra so pretexto de tener que presentarla a la compañía de seguros para que sea incluida en el combinado familiar. No sé si habrá sido la típica culpa de un vendedor de cualquier comercio de aquel Buenos Aires ochentoso con predominio de propaganda militar de la DGI persiguiendo gente, o tal vez por no darle nunca una factura a nadie, o quizás por mi sostenida insistencia pero logré que, finalmente y aunque con cara de pocos amigos, me fuera entregado un papel en donde constaba el modelo de la bicicleta y el precio pagado por la misma por lo cual di el tema por cerrado y la bici pasó a ser mía, ficticiamente comprada por mí, sabiendo que las teclas del reloj calculadora que había canjeado sólo se podían presionar con un martillo y un cincel por lo duras o con un instrumento de precisión por lo pequeñas, con lo cual además yo sentía que había realizado un gran negocio.

Cuando volví a prestar atención la clase ya había empezado y Alejandro se hallaba con mi flamante libro en su mano.

No me sentí para nada amenazado por la situación dado que él y yo compartíamos, probablemente, el mismo débil código moral. Él se encontraba dándole al libro una ojeada rápida. Al instante pareció percatarse de algo. Entonces abrió su morral y extrajo de él un marcador fibra de color amarillo.

- ¿Qué vas a hacer?, le pregunté extrañado.

- Nada, dejame a mí.

Lo vi garabatear algo en la contratapa. Asomé un poco más la cabeza, estaba pintando en amarillo sobre el amarillo del papel en donde figuraba el nombre del anterior dueño. Tomó una regla y trazó un recuadro que se dedicó a rellenar con paciente prolijidad. Pintaba un poco y otro poco alzaba la vista para ver los gestos del profesor que insistía con absurdas teorías económicas.

- “Amigos son los amigos”, pensé sintiéndome ya totalmente seguro.

- Ruso, voy a echarme una meadita, dijo Alejandro.

Apoyó también sus cosas en la butaca del medio y se fue. Yo intenté concentrarme en la clase una vez más.

Pasaron unos minutos, mi amigo ya se había vuelto a sentar. Tocó mi hombro. Incliné el cuello hacia mi izquierda junto con la parte superior del torso para escuchar su comentario sin tener que desviar la vista del frente. Como no dijo nada lo miré. Estaba medio pálido. Me mostró la contratapa.

Había un rectángulo amarillo a medio pintar. Se alcanzaban a distinguir las últimas cuatro letras del apellido “guez”. Pero debajo del recuadro se podía leer perfectamente y con la misma letra “Eugenio Dieguez”.

- Esto no estaba escrito antes. Alguien lo agregó recién.

Fueron unos segundos de incertidumbre hasta que esa voz surgió desde la fila de atrás.

- Gracias, muchacho.

Yo aborrecía a ese tipo de personajes. Era el típico empleado bancario que trabajaba hasta las cinco de la tarde de saco y corbata y que después se va directo a la facultad. Su cara de “time is money”  contrastaba claramente con mi habitual aspecto, lucía una llamativa pulcritud y un atinado y seductor aroma perfumado.

Tomó el libro y mirándolo fijo a Alejandro, continuó: 

- Nunca se me hubiese ocurrido componer el amarillo con tanta prolijidad. Sin duda, además de descuidista usted es un  artista de la imagen…

Y, como si ya trabajara para el FMI, sin la menor culpa, tomó el libro.

Expuesto, casi vencido, hablé apelando a un último recurso:

- “Los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo”, dijo Platón. Así que, permítame complementar el concepto a dicha frase: “Sustráele a un amigo su libro de economía y le devolverás hermosas horas de su tiempo
Nuestro hombre de traje hizo unos segundos de silencio para luego, amablemente, estirar su brazo y apoyar el nefasto libro que de pronto le quemaba sobre la falda de mi amigo Alejandro.

- Estimado, termine entonces su obra. Yo no vi nada.

Alejandro y yo nos miramos fijamente y, sin decirnos palabra, tomamos nuestras cosas y nos fuimos de la clase cuidándonos de dejar en la butaca vacía, sospechosamente olvidado, un hermoso ejemplar de “Economía y sociedad”.  
Seguramente aparecerá algún alma que no desee tener amigos.
Los buenos amigos no queremos saber nada con esas cosas.


Autor: Jerónimo Spre, enigmático personaje marplatense, del cual no se conocen antecedentes salvo su inexplicable relación con Krisa Fiodor, el lobo estepario.



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